Lahcen Saadi: más allá de un regalo, una cuestión de símbolos

A veces, un gesto de protocolo pasa desapercibido. Otras veces, despierta un debate que trasciende ampliamente el objeto en sí. Así ocurrió tras la entrega por parte de Lahcen Saadi, Secretario de Estado encargado de la Artesanía y de la Economía Social y Solidaria, de una cruz hecha de madera de enebro marroquí a una iglesia en Grecia.
En esencia, la discusión no versa ni sobre la calidad de esta pieza artesanal ni sobre el respeto debido a la comunidad cristiana. Poco se cuestiona, de hecho, la riqueza del diálogo entre culturas y religiones, menos aún en un país como Marruecos, cuya historia está marcada por la coexistencia y la apertura.
La cuestión que plantean algunos observadores es de otra índole: ¿qué representa un gesto así cuando es realizado no por un individuo, sino por un responsable actuando en un marco oficial, en nombre de una institución pública?
Esta interrogante ha sido recibida a veces con desconfianza. Para algunos, cuestionar la pertinencia de tal regalo equivaldría a oponerse a la apertura o a la convivencia. Sin embargo, en una sociedad democrática, debatir sobre la carga de los símbolos no tiene nada de ilegítimo. Los símbolos tienen un sentido, precisamente porque transmiten mensajes que van más allá de las palabras.
Marruecos jamás ha necesitado renegar de su identidad para mostrar su respeto hacia otras religiones. Su historia es la de un país que ha sabido acoger diversas componentes culturales y espirituales mientras preserva sus propias referencias. De hecho, esa confianza en su identidad ha sido muchas veces su fortaleza.
Así, algunos se preguntan por qué se eligió una cruz, símbolo central de la fe cristiana, en lugar de una de las numerosas expresiones del patrimonio marroquí. El reino cuenta con un legado excepcional: zellige, caligrafía, objetos de arte, alfombras, manuscritos históricos o creaciones artesanales reconocidas en todo el mundo. Cada uno de estos obsequios también habría permitido resaltar el saber hacer nacional y transmitir un mensaje de amistad.
Para los defensores de esta iniciativa, el gesto traduce simplemente una voluntad de consideración hacia los destinatarios. Para sus críticos, plantea una cuestión de representación y de coherencia simbólica. Entre ambas posiciones, el debate permanece abierto.
Porque la verdadera interrogante no es si se deben respetar los símbolos religiosos de los demás —eso es evidente en una sociedad basada en la tolerancia—. Más bien, se trata de determinar hasta qué punto un representante del Estado puede o debe apropiarse de estos símbolos en el marco de misiones oficiales.
Este asunto recuerda, en última instancia, que los símbolos ocupan un lugar particular en la vida pública. Un objeto ofrecido en nombre de un Estado nunca es percibido como un simple regalo. Transmite una intención, una imagen y a veces una visión de la relación con el otro.
Más allá de la polémica, queda una reflexión: ¿se manifiesta el respeto mutuo más a través del intercambio de símbolos propios de cada uno o mediante la valorización de su propio patrimonio cultural, reconociendo a su vez el de los demás? La respuesta sin duda pertenece al debate público, pero la pregunta, ella, merece ser planteada serenamente.




