Entre el amor y la aceptación: estudio de la crisis conyugal en la obra «Je passe»

Fouzia ELBAYED
Presentada el 17 de octubre de 2026 como parte de la programación oficial de la 26.ª edición del Festival Nacional de Teatro en Tétouan, la obra Je passe « أَمْرْ / Adaɛthiɣ », interpretada por el Club Al Hoceima de Teatro, inserta la creación teatral contemporánea marroquí en una reflexión sobre las contradicciones de la existencia y la complejidad de las relaciones humanas. Interpretada por Hoda Abaïr y Mohammed Bensaïd, con una composición musical de Abdelaziz El Bakkali, esta obra convierte a la pareja en un laboratorio de las tensiones que atraviesan al individuo al enfrentarse a la otredad, las convenciones sociales y sus propios límites.
Escrita por Ahmed Sbiaa, dramaturgo marroquí que prioriza el teatro de la idea sobre la narrativa lineal, la obra se apoya en una situación conyugal singular para interrogar problemáticas universales: el amor y sus desilusiones, la belleza y la fealdad, la memoria y el olvido, pero sobre todo la dificultad de aceptar al otro sin intentar conformarlo a nuestras propias expectativas. La dirección de Youssef El Arkoubi, concebida a través de la articulación entre el espacio, la luz y la actuación del actor, permite abordar el espectáculo como una composición donde los elementos visuales y sonoros contribuyen a la producción de significado.

En la intersección de la comedia negra, el teatro del absurdo y la reflexión existencial, Je passe invita así a trascender la anécdota conyugal para cuestionar los mecanismos de la relación humana. ¿Cómo vivir con el otro sin encerrarlo en una imagen preconcebida? ¿Y qué queda del amor cuando las apariencias, los recuerdos y los ideales chocan con la realidad?
Ahmed Sbiaa: una dramaturgia de la idea y las contradicciones humanas
Ahmed Sbiaa ocupa un lugar significativo en el panorama del teatro contemporáneo marroquí. Su escritura se distingue por la voluntad de liberarse de las estructuras narrativas convencionales para privilegiar situaciones de carga simbólica, confrontaciones ideológicas y los paradoxos de la condición humana. En lugar de construir una trama fundamentada exclusivamente en una sucesión de acontecimientos, el dramaturgo hace surgir el sentido a través de las tensiones entre los personajes, sus discursos y las representaciones que mantienen de sí mismos y de los demás.
En Je passe, esta orientación se manifiesta a través de una situación inicial deliberadamente insólita: un hombre con una nariz voluminosa y una mujer con una nariz larga se encuentran enfrentados a las realidades de la vida conyugal tras su matrimonio. La particularidad física de los protagonistas no es únicamente cómica. Abre una reflexión sobre las normas estéticas, el juicio social y la manera en que el individuo se construye bajo la mirada del otro.
Esta aproximación presenta afinidades con algunas investigaciones del teatro del absurdo, en particular las de Eugène Ionesco en La Cantante Calva, donde la deconstrucción del diálogo y el desajuste de las convenciones ordinarias revelan la incoherencia de ciertos comportamientos sociales. También se puede relacionar, desde la perspectiva de la reflexión existencial, con Huis clos de Jean-Paul Sartre: en esta obra, la confrontación entre los personajes transforma la mirada del otro en un instrumento de juicio y encierro. Estos paralelismos no suponen una influencia directa, pero iluminan una preocupación común: hacer del teatro un espacio de examen crítico de las relaciones humanas.
La singularidad de Sbiaa radica así en su capacidad de transformar una situación aparentemente anecdótica en una interrogación filosófica. La pareja no es solo el sujeto de una historia sentimental; se convierte en el lugar donde se revelan las contradicciones entre la imagen de uno mismo, el deseo de reconocimiento y la imposibilidad de dominar completamente la identidad del otro.
La pareja: entre el deseo de unión y el rechazo a la diferencia
El matrimonio constituye el núcleo dramático de la obra. Generalmente asociado a la unión, la estabilidad y la promesa de un futuro común, aquí aparece como un espacio atravesado por tensiones que ponen a prueba las representaciones idealizadas del amor.
Los dos protagonistas, encarnados por Hoda Abaïr y Mohammed Bensaïd, no se limitan a representar los polos opuestos de un conflicto entre hombre y mujer. Su enfrentamiento puede leerse como el choque de dos subjetividades, cada una portadora de sus propias expectativas, debilidades y concepciones de la vida en común. La relación se torna problemática cuando el otro deja de corresponder a la imagen que se había construido de él.
Esta dinámica se vincula con una interrogante central de la filosofía existencialista: ¿implica el reconocimiento del otro renunciar a su libertad o, en cambio, reconocer su propia libertad? En Huis clos, Sartre explora las tensiones relacionadas con la mirada y el juicio ajeno. En Je passe, esta problemática encuentra un posible prolongamiento en la relación conyugal, donde el apego puede coexistir con la necesidad de controlar la imagen del compañer@.
Por tanto, el reto no es determinar quién de los dos personajes tiene la razón, sino comprender cómo cada uno contribuye a la fragilización del vínculo. El conflicto revela los límites de una concepción del amor fundamentada en la idealización: amar una representación del otro no equivale necesariamente a aceptar su realidad.
La obra plantea entonces una cuestión fundamental: ¿Puede sobrevivir el amor cuando el otro ya no corresponde al ideal que hemos proyectado sobre él? Esta interrogante otorga a la obra su alcance universal, ya que se refiere tanto a las relaciones íntimas como a los mecanismos más generales de reconocimiento y exclusión.
El espacio escénico: el hogar conyugal como un espacio psicológico cerrado
El espacio doméstico se convierte en uno de los principales vectores de sentido del espectáculo. Tradicionalmente asociado a la protección y la intimidad, el hogar puede transformarse en un espacio de encierro en el momento en que la relación que alberga se torna conflictiva.

La limitación espacial concentra la atención en los dos intérpretes e intensifica la importancia de los intercambios. Los gestos, los desplazamientos, los silencios y las actitudes corporales adquieren una relevancia particular, ya que dan forma visible a las tensiones que atraviesan a los personajes. Así, el espacio no solo sitúa la acción: participa en la representación del conflicto interior.
Esta concepción recuerda, en ciertos aspectos, Huis clos de Sartre, donde el encierro espacial se convierte en la materialización de un estancamiento existencial. También evoca ciertos universos dramáticos de Samuel Beckett, en particular Esperando a Godot, en los que la reducción de los puntos de referencia espaciales y la repetición de situaciones contribuyen a crear un sentimiento de incertidumbre y espera.
No obstante, conviene distinguir estas aproximaciones: en Beckett, el espacio participa en una interrogación radical sobre la existencia, el tiempo y la espera; en Je passe, el hogar conyugal permite, ante todo, examinar la dificultad de la coexistencia y las contradicciones de la intimidad.
Así, el espacio escénico posee una doble dimensión. Es, por un lado, un lugar concreto donde se desarrolla la vida cotidiana de la pareja y, por otro, una representación simbólica de su universo mental. Cuanto más parece encerrada la pareja en su relación, más la escena muestra la imposibilidad de resolver el conflicto con un simple cambio de lugar.
La semiótica de los objetos: cuando los recuerdos se convierten en signos
Las fotografías antiguas, los regalos, las cartas y la rosa roja componen un sistema de signos que da materialidad a la memoria conyugal. Su presencia invita a considerar los objetos no como simples accesorios, sino como elementos dramáticos capaces de hacer emerger el pasado en el presente.
Las fotografías remiten a una historia compartida y a las imágenes que los personajes retienen de su relación. Pueden confrontar el recuerdo de una felicidad anterior con la realidad de la pareja, revelando la distancia entre la idealización del pasado y las tensiones presentes.
Los regalos materializan los gestos de afecto, las promesas y las expectativas que acompañan la relación amorosa. Sin embargo, su significado permanece inestable: un objeto que antes se asociaba a la ternura puede convertirse en un recordatorio de una decepción o de un compromiso que parece haber perdido su sentido.
Las cartas, por su parte, guardan la huella de palabras pronunciadas o sentimientos expresados en otro momento de la relación. Establecen una confrontación entre la palabra pasada y los comportamientos presentes, entre la promesa y su realización.

Finalmente, la rosa roja, tradicionalmente asociada con la pasión y el amor, posee un valor ambivalente. Puede evocar la persistencia del sentimiento amoroso, pero también la fragilidad de un vínculo amenazado por las desilusiones. Su significado depende del contexto en que aparece y de cómo los personajes la reciben.
Este uso dramático de los objetos puede ponerse en perspectiva con el teatro simbolista y con ciertas prácticas del teatro contemporáneo, donde un elemento material concentra una carga afectiva o conceptual que trasciende su función utilitaria. También recuerda cómo los objetos ordinarios adquieren un valor existencial en ciertos universos de Beckett.
Así, la memoria no se presenta como un refugio indiscutible. Se convierte en un terreno de confrontación entre lo que los personajes han vivido, lo que creen haber vivido y lo que ahora son capaces de reconocer. Los objetos contribuyen, por tanto, a representar la dificultad de reconciliar la historia común con las transformaciones individuales.
La comedia negra y la estética del absurdo: reírse del malestar humano
Una de las particularidades de Je passe reside en la posibilidad de hacer coexistir lo cómico y la inquietud existencial. La singularidad física de los protagonistas, las contradicciones de su relación y el desajuste entre los ideales del matrimonio y las dificultades de la vida cotidiana abren la puerta a una forma de humor que no busca únicamente el entretenimiento.
La comedia negra obtiene su fuerza de esta ambigüedad: el espectador puede reírse de una situación al mismo tiempo que percibe la violencia simbólica, la incomodidad o el sufrimiento que esta oculta. La risa se convierte así en un instrumento crítico, capaz de revelar los prejuicios estéticos y las contradicciones de los comportamientos sociales.
Esta ambivalencia encuentra eco en Rinocerontes de Eugène Ionesco. Bajo la apariencia de una situación absurda, la obra interroga el conformismo y los mecanismos de adhesión colectiva. De igual manera, en La Cantante Calva, el humor y el desajuste del lenguaje revelan el carácter mecánico de ciertas convenciones sociales.
En Je passe, el recurso a lo grotesco puede interpretarse como una manera de desestabilizar las normas que determinan lo que se considera bello o feo, aceptable o inaceptable. El cuerpo se convierte entonces en un revelador de los criterios a través de los cuales una sociedad evalúa a los individuos. La particularidad física de los personajes, lejos de constituir un simple recurso cómico, interroga los mecanismos de estigmatización y la dificultad de liberarse del juicio externo.
La dimensión absurda se manifiesta también en la posibilidad de que los conflictos se repitan sin alcanzar una resolución definitiva. La dramaturgia prioriza, por lo tanto, las situaciones, las oposiciones y las ideas en lugar de una progresión narrativa estrictamente lineal. Esta construcción favorece una lectura circular de la relación conyugal: los personajes parecen regresar a las mismas preguntas porque no logran superar las representaciones que los aprisionan.
Así, la risa se convierte en una forma de lucidez. Revela que los comportamientos más ordinarios pueden ocultar contradicciones profundas y que el ser humano a veces contribuye por sí mismo a la impasse de la que sufre.

La dirección de Youssef El Arkoubi: el espacio como lenguaje dramático
El enfoque de la dirección y la escenografía atribuida a Youssef El Arkoubi se basa en una concepción del espacio teatral que supera la simple función decorativa. En esta perspectiva, la luz, los volúmenes, los objetos y los movimientos de los actores participan en la construcción de una verdadera escritura visual.
La luz puede, en particular, transformar la percepción del lugar, aislar a un personaje, subrayar una ruptura o modificar la atmósfera de una escena sin necesidad de cambiar materialmente el decorado. Se convierte así en un medio para traducir tensiones psicológicas y hacer evolucionar el significado del mismo espacio.
Una escenografía depurada y simbólica también permite otorgar a los objetos una visibilidad particular. En una obra donde las fotografías, las cartas, los regalos y la rosa roja portan una carga memorial, su disposición y manipulación pueden ayudar a orientar la mirada del espectador y a organizar la lectura de la acción.
Esta concepción recuerda las investigaciones de Peter Brook, especialmente en El Espacio Vacío, donde el acto teatral se piensa a partir del encuentro entre un espacio, un actor y un espectador. También puede, con las precauciones necesarias, relacionarse con el trabajo de Tadeusz Kantor, que atribuía a los objetos una presencia escénica singular, cargada de memoria y asociaciones simbólicas.
Estos paralelismos permiten subrayar la importancia de una escenografía pensada como un componente de la dramaturgia. El espacio deja de ser un contenedor neutro: se convierte en un compañero en la representación, capaz de prolongar las emociones de los personajes y de materializar sus contradicciones.
En el caso de Je passe, este enfoque invita a observar cómo la luz, la composición visual y los movimientos de los intérpretes contribuyen a transformar el hogar conyugal en un espacio de confrontación psicológica. Sin embargo, una apreciación precisa de las opciones de dirección debe basarse en los elementos efectivamente observados en el espectáculo.

La música, los silencios y el ritmo: una dramaturgia de la tensión
La composición musical de Abdelaziz El Bakkali contribuye a la identidad sonora del espectáculo. En una obra que se basa principalmente en la confrontación de dos personajes, el ritmo no depende solo de la sucesión de réplicas: también se construye a través de las pausas, los silencios, los gestos y las variaciones de intensidad.
La música puede acompañar las transiciones emocionales, acentuar una ruptura o introducir un contraste entre la aparente banalidad de una situación y la gravedad del conflicto subyacente. Los silencios, por su parte, pueden expresar lo que los personajes no logran formular o lo que prefieren evitar reconocer.
Este espacio otorgado a lo no dicho puede acercarse al teatro de Harold Pinter, en particular a The Lover o Betrayal, donde las relaciones íntimas se construyen también a través de las ambigüedades del diálogo, las omisiones y las tensiones latentes. No se trata de asimilar las estructuras dramáticas de ambos autores, sino de subrayar un punto común posible: la palabra no siempre revela la verdad de las relaciones, y el silencio puede convertirse en un evento teatral por derecho propio.
La música y el ritmo pueden así ayudar a hacer sentir al espectador lo que escapa a la discurso explícito. Su función no consiste únicamente en acompañar la acción, sino también en crear un espacio sensible en el que el conflicto se vuelve perceptible antes de ser claramente formulado.
De la intimidad conyugal a la crítica social: la ética de la aceptación
Más allá de la relación amorosa, Je passe abre una reflexión sobre los mecanismos sociales de normalización. La distinción entre belleza y fealdad, las expectativas asociadas al matrimonio y la voluntad de que el otro corresponda a una representación ideal remiten a normas que trascienden el ámbito privado.
La aceptación no significa la ausencia de desacuerdos ni la desaparición de conflictos. Supone más bien el reconocimiento de la otredad, es decir, la capacidad de considerar al otro como un sujeto autónomo, irreductible a nuestras expectativas y proyecciones. El problema surge cuando la relación se convierte en un intento de corrección, dominación o conformidad.

La obra invita así a interrogar una contradicción fundamental: deseamos ser reconocidos por lo que somos, pero a menudo encontramos dificultades para otorgar la misma libertad al otro. La pareja se convierte entonces en el espejo de una tensión social más amplia entre individualidad y norma colectiva.
Esta problemática resuena en varias tradiciones del teatro internacional. En Sartre, la relación con el otro puede convertirse en un enfrentamiento entre libertades; en Ionesco, las convenciones sociales son susceptibles de transformarse en mecanismos absurdos; en Pinter, las relaciones íntimas revelan tensiones de poder que no siempre se manifiestan abiertamente.
Estas perspectivas iluminan la relevancia filosófica de la obra sin reducir su singularidad. Al colocar la diferencia en el corazón del conflicto conyugal, Ahmed Sbiaa invita al espectador a examinar sus propios criterios de juicio y cómo estos influencian sus relaciones con los demás.
El reto es, por tanto, tanto ético como sentimental: ¿cómo construir una relación en la que la otredad no sea una amenaza ni un defecto a corregir, sino una dimensión constitutiva de la vida en común?
Síntesis de los principales procedimientos dramáticos
| Procedimiento | Función y alcance interpretativo |
| El espacio cerrado del hogar | Concentra las tensiones y transforma el hogar en un espacio de confrontación psicológica. |
| La singularidad física de los personajes | Interroga las normas estéticas y el juicio social. |
| Los objetos memoriales | Materializan el pasado y confrontan los recuerdos con las realidades presentes. |
| La comedia negra y lo grotesco | Asocian la risa con el malestar y ponen de manifiesto las contradicciones humanas. |
| La dramaturgia de la idea | Priorizan situaciones simbólicas y cuestionamientos filosóficos en lugar de la trama tradicional. |
| La luz y la composición escénica | Pueden hacer visibles las tensiones y participar en la construcción del sentido. |
| La música y los silencios | Sostienen el ritmo emocional y dan lugar a lo no dicho. |
| El conflicto conyugal | Sirve como punto de partida para una reflexión sobre la libertad, la diferencia y la aceptación. |
Conclusión: aceptar al otro sin renunciar a uno mismo
Je passe « أَمْرْ / Adaɛthiɣ », se distingue por la manera en que transforma una situación conyugal singular en una interrogación sobre la condición humana. A través de la escritura simbólica de Ahmed Sbiaa y la dirección de Youssef El Arkoubi, el juego de los dos intérpretes y el potencial expresivo del espacio escénico, el espectáculo pone en tensión el ideal amoroso y la realidad de las relaciones, el recuerdo y el presente, la imagen de uno mismo y la mirada del otro.
Los paralelismos con Ionesco, Beckett, Sartre, Pinter, Brook o Kantor permiten situar algunas de sus inquietudes en un horizonte teatral internacional: la absurditad de las convenciones, el encierro existencial, la ambigüedad de las relaciones humanas y la capacidad del espacio escénico para producir sentido que puede tocar al espectador. No obstante, estas filiaciones deben entenderse como herramientas de lectura comparativa, y no como prueba de influencias directas.
El interés de la obra reside finalmente en su capacidad para convertir a la pareja en un lugar de observación de las contradicciones humanas. El amor no aparece como una garantía de armonía ni como una solución automática a las diferencias. Se convierte en una experiencia exigente, confrontada con la necesidad de reconocer al otro en su singularidad irreductible.
La pregunta fundamental que deja abierta la obra es entonces la siguiente: ¿se puede realmente amar al otro sin intentar transformarlo en una versión conforme a nuestros propios deseos? Al colocar esta interrogante en el corazón de la representación, Je passe recuerda que aceptar al otro no es un simple ideal sentimental, sino una prueba permanente de libertad, lucidez y reconocimiento mutuo.




