Europa y Marruecos: los paradoxes de una asociación estratégica

MCG24, RABAT
Hay algo paradójico en la relación entre Europa y Marruecos. Cuanto más se acercan los dos socios en cuestiones económicas, de seguridad y geopolíticas, más algunas tensiones políticas continúan resurfacing.
Sin embargo, los hechos evidencian una interdependencia que se ha vuelto difícil de ignorar.
La Unión Europea es el principal socio comercial de Marruecos. Los intercambios de bienes alcanzaron los 62,2 mil millones de euros en 2025. La cooperación abarca ahora un amplio espectro: comercio e inversión, migración, seguridad, lucha contra la criminalidad, transición energética, investigación y desarrollo.
Esta relación dio un nuevo paso en 2026. Durante el Consejo de Asociación del 29 de enero, Bruselas y Rabat reafirmaron el carácter «estratégico», «multidimensional» y «privilegiado» de su asociación, al tiempo que mostraron su voluntad de consolidar una relación «de igual a igual». En abril, esta misma ambición fue reafirmada en Rabat, con la perspectiva de un asociación estratégica y global destinada a llevar las relaciones a un nivel superior.
El tema del Sahara Occidental sigue siendo, naturalmente, uno de los principales puntos de esta relación. La resolución 2797 del Consejo de Seguridad ha posicionado la propuesta marroquí de autonomía como base para las negociaciones, en el marco del proceso de las Naciones Unidas. La Unión Europea ha tomado nota de este desarrollo y ha reafirmado su apoyo al proceso de la ONU.
Esto no significa que todas las discrepancias han desaparecido. Existen, a veces con fuerza, especialmente en algunas cuestiones políticas e institucionales. Pero ahora deben ser vistas en un contexto más amplio: el de una relación que se ha vuelto estratégica para ambas orillas del Mediterráneo.
Marruecos, por su parte, defiende una relación basada en la soberanía, el respeto mutuo y la responsabilidad compartida. Esta exigencia no es incompatible con una cooperación estrecha; de hecho, se convierte en una de las condiciones necesarias.
El desafío, tanto para Europa como para Marruecos, es hacer que los discursos correspondan a la realidad de esta interdependencia.
Porque una relación tan densa ya no puede ser pensada según las antiguas relaciones de poder. Exige una nueva gramática: la de dos socios que cooperan cuando comparten intereses, asumen sus divergencias cuando existen y buscan, sobre todo, inscribir su relación en la duración.
El partenariado euro-marroquí es ahora demasiado importante para quedar atrapado en las tensiones del momento. Su futuro se jugará menos en las polémicas que en la capacidad de ambas partes para construir, concretamente, una relación de igual a igual.




