«ظلام DL’âme» Dramaturgia de la oscuridad, violencia social y poética de los márgenes

Fouzia ELBAYED
La obra ظلام (DL’âme), del joven director marroquí Amine Essahel, propone una exploración de las realidades sociales y psicológicas vinculadas a la calle y a las culturas de la marginalidad. Presentada por la compañía Masrah Okad, representa personajes enfrentados a la violencia, a conflictos familiares, a la soledad y a la dificultad de construir un futuro. A través de sus trayectorias, el espectáculo interpela las heridas íntimas de una juventud rota, atrapada entre el peso de los determinismos sociales y el deseo de liberarse de modelos impuestos.
La singularidad de esta creación radica en la integración del rap, el slam, el graffiti y el mixaje musical (DJ) en una escritura escénica que combina el cuerpo, el sonido, la luz y el espacio. Amine Essahel, graduado del Instituto Superior de Arte Dramático y Animación Cultural y que realiza una formación en dirección en Francia, continúa así una búsqueda ya presente en sus obras Brenda y La Victoria, reconocidas respectivamente en Jordania y en el Festival Nacional de Teatro de Tétouan en 2023.
El director afirma querer hacer de la calle el verdadero protagonista del espectáculo. Por lo tanto, no es un simple decorado, sino un espacio donde se revelan las contradicciones de la sociedad, las relaciones de poder y las aspiraciones de una juventud en busca de reconocimiento.
Este estudio propone analizar la dramaturgia de DL’âme a través de sus elecciones escenográficas, sus personajes y sus lenguajes artísticos, estableciendo analogías con el repertorio teatral internacional y el cine de las suburbios. Estas comparaciones constituyen herramientas críticas y no implican necesariamente préstamos directos por parte del director.
Una dramaturgia de la marginalidad: Sami y la tragedia de la juventud
En el centro de la obra se encuentra Sami, interpretado por Mohamed Chahir. Un joven que proviene de un entorno familiar conflictivo, se rebela contra un orden social y familiar que parece limitar sus posibilidades de emancipación. Su relación con una joven estudiante que comparte su sufrimiento abre una perspectiva afectiva frágil, en la que el amor se presenta como una posibilidad de resistencia ante la violencia.
La trayectoria de Sami trasciende así el relato individual para cuestionar las condiciones sociales y afectivas de la revuelta. El personaje se enfrenta a una contradicción fundamental: aspira a la autonomía, pero permanece atrapado en un entorno donde las relaciones están marcadas por la dominación, la frustración y la falta de diálogo.
La violencia familiar se convierte en uno de los resortes principales de esta tragedia. El padre, presentado como una figura de autoridad brutal que ejerce violencia repetida sobre su esposa, encarna una concepción autoritaria de la familia. El espacio doméstico, tradicionalmente asociado a la protección, se transforma así en un lugar de miedo y sufrimiento. La rebeldía del hijo traduce tanto el rechazo a esta violencia como la búsqueda de otra forma de existir.
Este conflicto recuerda, en ciertos aspectos, al teatro de Bernard-Marie Koltès, especialmente a Dans la solitude des champs de coton, donde la palabra se convierte en un espacio de confrontación, poder y difícil reconocimiento. También evoca el universo de Jean Genet, donde las figuras marginalizadas cuestionan las normas que definen la legitimidad social.
No obstante, DL’âme parece inscribir estas tensiones en una realidad urbana contemporánea donde las fracturas familiares se combinan con la exclusión social y los callejones sin salida generacionales. El conflicto no solo opone a individuos: revela una crisis más profunda en la transmisión, la autoridad y la posibilidad de vivir juntos.
La presencia de otro personaje masculino relacionado con las instituciones de seguridad amplía esta interrogante. Su papel, interpretado por Amine Bellamaazza, como padre de la joven, marcado por la pérdida de su esposa, parece atrapado en una relación obsesiva con su trabajo y con el uso de su arma. Su función policial y su comportamiento autoritario introducen una segunda figura de poder, esta vez inscrita en el espacio público.
La obra contrapone así dos formas de dominación: aquella que se ejerce en el seno de la familia y la que se manifiesta en la relación con la autoridad institucional. Esta convergencia da a la violencia una dimensión sistémica, sin eliminar la responsabilidad individual de los personajes.
El título « DL’âme »: la oscuridad como metáfora de la interioridad
El título asocia la palabra árabe ظلام, que significa «oscuridad», con la grafía francesa DL’âme, que sugiere la expresión «del alma». Este juego bilingüe concentra la dimensión psicológica y simbólica del espectáculo: la oscuridad exterior se convierte en el reflejo de las heridas interiores.
El negro, utilizado en la escenografía y la iluminación, evoca el miedo, el encierro y la invisibilidad social. Materializa las zonas oscuras de la existencia de los personajes, sus traumas y sus dificultades para formular su sufrimiento. Sin embargo, esta oscuridad también posee una dimensión política: alude a las realidades de los barrios populares que las representaciones dominantes de la sociedad tienden a marginalizar.
Esta búsqueda puede relacionarse con Antonin Artaud y su concepción de un teatro en el que el cuerpo, el sonido, la luz y el espacio actúan directamente sobre la sensibilidad del espectador. En Le Théâtre et son double, Artaud cuestiona la primacía del texto y contempla la representación como una experiencia física y sensorial.
En DL’âme, el rap, los silencios, los movimientos de los actores y la oscuridad pueden hacer experimentar las tensiones de los personajes en lugar de simplemente explicarlas. No obstante, el éxito de este dispositivo depende de la coherencia entre los diferentes elementos: la intensidad visual y sonora debe servir a la dramaturgia en lugar de reducirse a una acumulación de efectos.

Los tres contenedores: una escenografía de la exclusión
Uno de los elementos más significativos del dispositivo escénico es la presencia de tres contenedores de basura dispuestos en el centro del escenario. Se convierten en lugares de refugio, circulación y confrontación para los personajes, al tiempo que constituyen una metáfora de la relegación social.
Los contenedores materializan un espacio donde los individuos parecen ser rechazados a la periferia de la ciudad. Simbolizan lo que la sociedad intenta alejar de su mirada: las violencias nocturnas, los sufrimientos invisibles y las existencias consideradas indeseables. Su presencia recuerda que la exclusión no es solo una situación individual, sino también el resultado de mecanismos sociales que separan los espacios legítimos de los desvalorizados.
Su función también es la de testigos silenciosos. Los contenedores parecen conservar la memoria de los actos cometidos en la noche: agresiones, prostitución, violencias y otras transgresiones. Así se convierten en los testigos materiales de una sociedad que produce sus propias zonas de sombra.
Esta escenografía tiene una fuerza crítica, pero también plantea una pregunta importante: ¿cómo representar la marginalidad sin asimilar a las personas marginadas con los desechos? La relevancia política de la imagen depende de la manera en que los personajes ocupen y transformen ese espacio. Los contenedores pueden significar humillación y encierro, pero también supervivencia y resistencia.
Se puede relacionar esta concepción con algunas investigaciones teatrales sobre la autonomía del espacio escénico, especialmente las de Adolphe Appia y Edward Gordon Craig. Sin embargo, en Essahel, el espacio plástico parece estar cargado de un significado social inmediato: traduce la relegación de los personajes y sitúa su historia dentro de una materialidad urbana reconocible.
Rap, slam y hip-hop: una nueva escritura dramática
La integración de los lenguajes del hip-hop constituye una de las principales características de DL’âme. El rap, el slam, el graffiti y el DJ no son solo referencias culturales destinadas a atraer a un público joven. Pueden convertirse en medios para construir los personajes, expresar sus conflictos y transformar el ritmo de la representación.
El rap confiere a la palabra una dimensión combativa. Permite al personaje narrar su historia, denunciar las relaciones de dominación y afirmar su identidad. El slam privilegia en mayor medida la dirección directa, la confesión y la búsqueda poética. El graffiti visualmente perpetúa esta voluntad de inscribir su presencia en un espacio público que no siempre reconoce las voces marginadas.
El DJ, por su parte, puede desempeñar un papel comparable al del montaje cinematográfico. A través de cortes, repeticiones, cambios de ritmo y silencios, organiza las transiciones entre situaciones y contribuye a hacer perceptibles las tensiones psicológicas.
Esta hibridación evoca las investigaciones de Antonin Artaud sobre la potencia expresiva del sonido y el cuerpo, pero también las experimentaciones contemporáneas que cuestionan la separación entre texto dramático, música y performance. También invita a reflexionar sobre la distinción entre teatro académico y culturas populares.
No obstante, la modernidad del enfoque no radica únicamente en la presencia del rap. Depende de su capacidad para convertirse en una fuerza dramática: las letras deben transformar las situaciones, iluminar a los personajes y avanzar en el sentido de la obra. El hip-hop, entonces, adquiere una auténtica autonomía artística, en lugar de funcionar como un mero signo de modernidad.
Una comparación cinematográfica: La Haine de Mathieu Kassovitz
La comparación con La Haine (1995), de Mathieu Kassovitz, permite profundizar en la representación de la juventud marginada. El filme presenta a tres jóvenes en un suburbio parisino atravesado por tensiones sociales y relaciones conflictivas con las instituciones.
Al igual que en DL’âme, el espacio urbano no constituye un mero telón de fondo. Actúa sobre los personajes, condiciona sus desplazamientos y contribuye a su encierro simbólico. El blanco y negro, los encuadres y el montaje otorgan al suburbio una dimensión a la vez realista y metafórica.
En Kassovitz, la violencia se manifiesta en un sistema de tensiones que trasciende a los individuos, sin quitarles toda responsabilidad. Esta perspectiva ilumina la dramaturgia de Essahel, donde la violencia familiar, la rebeldía del joven y la autoridad policial forman un universo en el que las relaciones se ven debilitadas por la desconfianza y la dominación.
La diferencia entre ambas obras radica, entre otras cosas, en sus medios de expresión. El cine construye el significado mediante el encuadre, el montaje y la composición de la imagen; el teatro trabaja con la presencia inmediata de los cuerpos, la espacialización de las voces y la relación directa con el público. El interés por una comparación no consiste, por lo tanto, en suponer que la obra reproduce la estética del filme, sino en entender cómo puede traducir problemáticas similares mediante medios escénicos específicos.
Esta comparación también invita a una vigilancia crítica: los barrios populares no deben reducirse a la violencia y la desesperación. La complejidad de los personajes también depende de su capacidad para amar, soñar, crear e imaginar otras formas de vida.

El desenlace trágico: amor, muerte y responsabilidad
El desenlace de DL’âme constituye uno de los elementos más perturbadores de su dramaturgia. La joven, encarnada por Hajar Mesnaoui, privada de su madre y confrontada a un entorno marcado por la autoridad y el sufrimiento, termina por suicidarse tras haber perdido la esperanza y la posibilidad de un futuro amoroso. Sami, por su parte, es rechazado en la calle. El final del espectáculo relaciona así la muerte de la joven con la exclusión de la vida del joven.
Este desenlace plantea una pregunta esencial: ¿por qué la muerte golpea a los personajes jóvenes en lugar de a las figuras que encarnan la autoridad y la dominación?
La elección dramática puede interpretarse como la representación de una sociedad donde las víctimas soportan las consecuencias más extremas de la violencia, mientras que los detentores del poder permanecen en su lugar. La muerte de la joven, por lo tanto, no constituye necesariamente una sanción moral, sino que puede revelar el callejón sin salida de un sistema relacional que no deja espacio para la protección, la escucha y la esperanza.
La cuestión se vuelve entonces política: ¿quién es la víctima y quién es el verdugo? ¿Es suficiente la autoridad para justificar la violencia? ¿Por qué las generaciones dominantes buscan preservar su poder a expensas de aquellas que aspiran a la emancipación?
La elección de no hacer desaparecer la figura autoritaria puede reforzar esta interrogante. En lugar de ofrecer una resolución tranquilizadora en la que la muerte del responsable restablecería simbólicamente la justicia, el espectáculo deja subsistir el problema del poder y su reproducción.
Sin embargo, no se debe reducir el suicidio de la joven a un simple recurso dramático. Esta muerte, al igual que la de Sami, exige una lectura atenta de su trayectoria, su palabra y sus motivaciones. La cuestión crítica es saber si aparece como un personaje dotado de una verdadera autonomía o si su destino sirve principalmente para subrayar el sufrimiento del protagonista masculino.
La dimensión trágica del desenlace reside, en última instancia, en el fracaso del amor para ofrecer una salida a la violencia. El amor representa una posibilidad de salvación, pero sigue siendo frágil frente a las relaciones de dominación y a la deterioración de los lazos humanos.
Entre teatro político y crítica social: los desafíos de la creación
La obra puede relacionarse, en términos de sus preocupaciones sociales, con el Teatro del oprimido de Augusto Boal. Este contempla el teatro como un espacio que permite interrogar las relaciones de dominación y hacer accesibles los conflictos sociales a una reflexión colectiva.
No se trata de afirmar que DL’âme adopta las técnicas de Boal, sino de subrayar una interrogante común: ¿puede el teatro hacer visibles los mecanismos que producen la violencia y la exclusión?
La obra parece responder a esta pregunta poniendo en relación la familia, el espacio público, las instituciones de seguridad y las culturas de la calle. La violencia ya no es solo una cuestión de comportamientos individuales; se convierte en el síntoma de relaciones sociales debilitadas por el autoritarismo, el miedo y la falta de diálogo.
El espectáculo también invita a reflexionar sobre la responsabilidad de las generaciones adultas. La figura del padre violento y la del hombre de seguridad obsesionado con su autoridad plantean la pregunta sobre la transmisión de valores. Cuando la autoridad se confunde con la dominación, deja de proteger y se convierte en una fuente de amenaza.
Uno de los desafíos principales de la creación, por lo tanto, es mostrar que la lucha contra la violencia no puede limitarse a la denuncia de sus manifestaciones. También implica reflexionar sobre las relaciones de poder, la responsabilidad individual y la posibilidad de reconstruir vínculos afectivos y sociales.
Una oscuridad que revela las contradicciones del mundo
DL’âme de Amine Essahel propone un encuentro entre teatro, hip-hop y crítica social. A través del recorrido de Sami, el destino trágico de la joven, las figuras de la autoridad y la escenografía de los tres contenedores, el espectáculo interroga la violencia familiar, la marginalización y la fragilidad de los lazos humanos.
El título, la oscuridad y los objetos urbanos construyen una poética de la invisibilidad, mientras que el rap, el slam, el graffiti y el DJ abren la escena a lenguajes provenientes de las culturas populares. Las analogías con Artaud, Koltès, Genet y Boal permiten iluminar las dimensiones corporales, relacionales y políticas de este enfoque. La comparación con La Haine de Mathieu Kassovitz muestra, por su parte, cómo el espacio urbano puede convertirse en un actor de la representación y en un revelador de los mecanismos de la exclusión.
La carga crítica de la obra se concentra, finalmente, en una interrogante: ¿por qué los individuos que sufren la violencia son a menudo aquellos que pagan el precio más alto? Al hacer del amor una posibilidad frágil y de la muerte una salida trágica, Essahel confronta al espectador con la responsabilidad de las figuras autoritarias y la dificultad de romper los ciclos de dominación.
El éxito artístico de esta creación depende de su capacidad para superar la representación espectacular del sufrimiento y construir una dramaturgia donde los personajes mantengan su complejidad y dignidad. El hip-hop, entonces, no constituye solo un lenguaje generacional: se convierte en un medio para hacer oír voces marginadas y transformar la experiencia de la calle en materia teatral.
La pregunta que persiste al final del espectáculo es tanto ética como estética: ¿necesitamos más autoridad en esta sociedad de discordia, para combatir la violencia, o más escucha, justicia y amor para evitar que se reproduzca? Es en esta tensión entre poder y humanidad donde reside la fuerza interrogativa de DL’âme.



